"EL PUEBLO QUE BAJÓ Y SUBIÓ A LO ALTO DEL MONTE"
( El embalse obligó a volver al Castro)
Esas calles rectas y empedradas a las que dan edificios donde manda el blanco se vuelven agradables poco a poco a los ojos del visitante. Aguanta el toque colonial
Por Cristobal Rodriguéz, Los domingos de la Voz, 8 de Mayo del 2010
Fue el emblemático ex alcalde y siempre amigo Eloy, un acérrimo defensor del Camino de Santiago, quien le complicó la vida al cronista -pero para bien- cuando hace unos pocos años se empeñó en nombrarlo caballero de la Serenísima Orden de la Alquitara. Porque Portomarín se identifica no solo con el embalse, sino también con la tarta de Ancano y, sobre todo, con el aguardiente, de extraordinaria calidad. De ahí lo de la Serenísima Orden, aunque es vox pópuli el chascarrillo de que cuando el aguardiente abunda, ni orden ni serenidad se hacen patentes ni presentes. Es lo que hay.
En realidad, la historia había comenzado dos milenios antes, año más, año menos, cuando a algún ignoto antepasado de Eloy se le ocurrió construir un castro en lo alto de un monte, con el río Miño corriendo allá abajo. La experiencia enseñaba que había que distanciarse de los suelos encharcados, a veces peligrosos y por lo general infértiles, pero al mismo tiempo era muy aconsejable tener el agua cerca porque sin ella no había ni huerto ni, en fin, vida. De forma que se levantaron murallas, fosos y casas, y así pasaron algunas centurias.
El castro luego se abandonó, vino la Edad Media y abajo, en el río, nació el Pons Minea, ahora aplicando aquellos constructores nuevas técnicas que permitieron llevar un poco mejor la vecindad del Miño. Con el tiempo incluso se dieron forma a los muelles y rampas de acceso a la corriente. Y se levantó un magnífico puente, por cierto.
Como el reloj nunca para, a mediados del siglo XX la gente vivía más o menos feliz hasta que a alguien se le ocurrió la brillante idea de anegar el pueblo entero porque aguas abajo se iba a construir el salto de Belesar. Hicieron su aparición las protestas -y no era época fácil para protestar, no- pero la obra fue adelante. ¿Qué hacer con todo el paisanaje? Trasladarlo. ¿Adónde? Al castro. Así. Ni más ni menos. Ironías de la vida: aquel lugar pagano fue cristianizado, lo cual fue siempre una vieja teima en toda Galicia, sea dicho de paso.
Las líneas que dibujaron las calles del nuevo Portomarín llamaban la atención, y de gallegas no tenían nada. Alguien decía que era un Ferrol en pequeño, pero el barrio de la Magdalena no es comparable para nada. Una cierta anchura -desperdicio de tierra, pensaban algunos- y ausencia de recovecos y reviravoltas caracterizaban el nuevo urbanismo. Un nuevo urbanismo que a muchos les levantaba dolor de cabeza: estaba claro que era un poblado de colonización. Ni siquiera lograba despistar un poco la iglesia de San Nicolás, en sus tiempos también fortaleza porque no andaban las cosas para despistarse rezando, y que fue trasladada piedra a piedra aplastando al venerable castro, del cual nada queda. Eso sí, se cometió una chapuza que hoy en día solo aprecian los expertos: la orientación no es la correcta, y esas cosas sí tenían importancia en la Edad Media.
Y de nuevo el tiempo hizo de las suyas. Y aquel pueblo que estaba desangelado en medio de Lugo se fue convirtiendo en algo agradable a los ojos de los visitantes, hasta el punto de que se fue abriendo paso, lentamente, para figurar en la lista de la Galicia bonita.
El cronista tiene en su estantería de trabajo la para siempre última foto que se hizo con sus padres. Está tomada ante la Casa do Concello de Portomarín y luce, orgulloso, la medalla que acababa de recibir como nuevo caballero de la Serenísima Orden de la Alquitara. Algo que siempre le agradecerá al ex alcalde Eloy.
COMO IR HASTA ALLI :
PORTOMARÍN QUEDA ENTRE PALAS DE REI Y SARRIA. DESDE LUGO HAY CARRETERA DIRECTA QUE PARTE DE LA CIRCUNVALACIÓN. DESDE OURENSE , VÍA CHANTADA.


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